Créditos

    Falso

    Obra Original: Fake (Copyright © de Moxie Mezcal, Noviembre 2009. San Jose, California. CC-BY-NC-SA)

    moxiemezcal.com

    Traducción y Edición: Artifacs, junio 2020.

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Sobre Moxie Mezcal

    Moxie Mezcal vive bajo un nombre ficticio en San Jose, California.

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Capítulo 1

Karen

    William White estaba sentado frente a mí, jugueteando nerviosamente con un paquete vacío de edulcorante artificial mientras su café se enfriaba, ignorado sobre la mesa ante él.

    Enrolló el papel amarillo rasgado como un porrito apretado, luego lo desenrolló, lo alisó y lo volvió a enrollar.

    Yo iba por la mitad de mi tercera taza de café y sin intención de parar pronto. Estaba cansada y nerviosa, irritada con William por arrastrarme a esta hora de la noche, y aún más irritada por su negativa de ir al grano.

    "¿Sabías que Philip K. Dick tenía una hermana gemela?"

    Le miré sin comprender.

    "Se llamaba Jane. Murió poco después de su nacimiento. Fueron seis semanas prematuros," continuó, sus ojos vagaron hacia la ventana a su derecha. Yo no estaba segura de si él estaba mirando algo fuera o viendo su propio reflejo.

    "Dick nunca superó la muerte de Jane; su fantasma lo persiguió durante toda su vida, y la idea de una gemela fantasma aparece a lo largo de su obra. Algunos incluso han especulado que la incapacidad de Dick de hacer las paces con la pérdida de su hermana contribuyó a su abuso de drogas y, por extensión, también a su muerte a una edad relativamente joven de 53".

    Desenrolló el paquete de edulcorante, lo dejó sobre la mesa, colocó ambos dedos índices juntos en el centro y luego los extendió hacia afuera, alisando el papel."

    Yo extendí el brazo y di una manotazo al paquete, evitando que él siguiera jugando con él.

    "Lo siento," dijo él tímidamente.

    Dejé escapar un suspiro. "No es que esto no sea fascinante, pero ¿en serio me has sacado de la cama hasta el Denny a las 3 am para esto?"

    William respiró hondo y exhaló lentamente, luego curvó los labios en una amarga media sonrisa. "Toda mi vida siempre me he sentido como dos personas, como si mi personalidad tuviera dos lados: uno masculino y otro femenino. De niño casi me convencí de tener una hermana gemela, como una amiga imaginaria, a quien proyectaba este lado femenino de mí. Era como si sintiera tanta vergüenza por tener estos sentimientos, querer vestirme y jugar con muñecas y todo eso, que tuve que crear una identidad completamente separada a la que pudiera atribuir estos deseos."

    Gruñí y enterré la cabeza entre las manos. Esta no era la clase de mierda mental que deberías soltarle a alguien a las 3 am, y menos aún a tu novia. Y teniendo en cuenta que en la universidad, mi novio de primer año terminó dejándome por un hombre, estaba convencida de saber adónde se dirigía esta conversación.

    "Karen, mírame," dijo él estirando el brazo por la mesa para levantarme la barbilla con la mano.

    "¿Por qué me estás diciendo esto ahora?" Le pregunté.

    "Estoy tratando de hacerte entender," me dijo. "Estoy tratando de explicar por qué terminé cometiendo uno de los mayores fraudes periodísticos de nuestro tiempo".

    Y luego me lo explicó.

    Cuando terminó, de veras deseaba que hubiera intentado decirme que era gay.

Capítulo 2

William

    Esto no es tanto una historia como una confesión.

    Todo comenzó hace unos años, creo que alrededor de 2005, poco antes de que nos conociéramos, cuando estaba cubriendo un gran incendio en las montañas de Santa Cruz para el servicio de cable de Medios Sindicados. Justo cuando las cosas finalmente comenzaban a calmarse, comenzó a circular un rumor por del campamento base sobre una de las casas que se habían incendiado cerca de la fuente del incendio. Comenzó con los bomberos, se extendió rápidamente a través de los otros trabajadores de rescate, y en cuestión de horas llegó al cuerpo de prensa.

    La casa era una modesta cabaña de madera que probablemente había estado allí desde los años 70. Un equipo de rescate tropezó con ella cuando barría el área en busca de supervivientes. El propietario fue encontrado atrapado bajo una estatua gigante de ónice y quemado vivo, debió de haberse caído mientras intentaba escapar del incendio. Lo cual era bastante horrible, quemarse vivo, pero eso no era necesariamente una historia, para el cuerpo de prensa, esa era solo otra estadística que contar.

    Se convirtió en una historia cuando uno de los rescatdores se dio cuenta de lo que era la estatua: una representación de tres metros de altura de la diosa hindú Kali, con el rostro retorcido de furia maníaca, preparada para atacar con una espada levantada sobre su cabeza, desnuda salvo por el cinturón de brazos humanos alrededor de su cintura y el collar de cabezas humanas.

    Eso llamó bastante su atención y observaron con más cuidado lo que quedaba en la cabaña. Las tablas del suelo estaban empapadas de huellas de cabra. Restos carbonizados de libros sobre magia negra. Joyas de metal con forma de símbolos ocultos. Una daga ceremonial con un pentagrama tallado en la empuñadura.

    Sin embargo, lo peor fue lo que encontraron bajo tierra, en el pequeño sótano improvisado. Había sobrevivido al fuego, casi intacto, debido a un grueso revestimiento de hormigón. Al principio, el equipo de rescate pensó que era solo el búnker de algún chiflado de la supervivencia, que probablemente fue para lo que fue construido originalmente.

    Pero cuando descendieron al sótano, no encontraron ninguna de las provisiones de emergencia esperadas. En su lugar, encontraron una habitación vacía sin muebles ni suministros de ningún tipo, solo una cadena de metal de tres metros atada a la pared del fondo.

    Estaba claro que alguien había estado viviendo allí abajo. Había charcos de excrementos humanos en el suelo: orina, heces, sangre menstrual. Pero no había muebles, ni ropa, ni productos sanitarios. Lo único que encontraron allí abajo fue un pequeño piano de juguete con huecos del tamaño de la yema de los dedos donde las mugrientas teclas de plástico blanco se habían desgastado.

    Yo supe de la cabaña de un guardabosques llamado Dave Redstone durante la cena con otra reportera, Amy Hunter-Greene, afiliada a la radio pública local. Después de un montón de regaños y de jugar con vino, Amy y yo finalmente convencimos a Redstone de llevarnos allí. El hecho de que él había pasado las últimas dos semanas tratando de zumbarse a Amy probablemente ayudó.

    El viaje en coche tardó unos cuarenta minutos solo para navegar por los estrechos caminos sin pavimentar que atravesaban el páramo carbonizado que antaño había sido un denso bosque. La cabaña se encontraba en el fondo de un pequeño pero profundo valle escondido en medio de la cordillera, deliberadamente inaccesible para el campista o excursionista casual.

    Al aparcar, yo ya pude sentir una energía extraña y palpable en el lugar. Los tres bajamos del jeep y nos acercamos al casco quemado de la cabaña iluminado por los faros. Atravesamos con cuidado los escombros, y luego Amy y yo nos congelamos al ver simultáneamente la estatua de Kali, que alguien había puesto de pie. Nos qudamos mirando, paralizados por la forma en que la sombra y la luz jugaban con los rasgos grotescos, tan intrincadamente tallados en la piedra. Redstone solo pudo romper el hechizo cuando destapó la trampilla que llevaba al subsuelo.

    Descender a ese sótano fue la experiencia más escalofriante de mi vida. El aire era eléctrico; Se me erizó cada vello del cuerpo. Los latidos de mi corazón se habían reducido a un murmullo casi imperceptible, mi respiración se detuvo y sentí una frialdad penetrando la piel hasta los huesos, haciéndome sentir quebradizo e ingrávido.

    El hedor a desechos humano era tan denso que casi se podía palpar. Nos golpeó en violento arrebato en cuanto abrimos la trampilla y nunca remitió. Tuvimos que taparnos la boca con pañuelos para poder soportar bajar por allí.

    Después de unos minutos, aquello debió de ser demasiado para Amy, y ella huyó escaleras arriba para vomitar. Redstone la siguió, ansioso por desempeñar el papel sensible y protector. Ahora a solas, yo continué barriendo la habitación con mi linterna. Fue entonces cuando encontré el piano de juguete.

    Nunca he creído en los fantasmas, pero embrujado es el único modo en que puedo describir el sentimiento que me invadió. En cuanto me arrodillé y toqué el piano, instintivamente me giré para mirar detrás de mí, seguro de que alguien me estaba observando desde la oscuridad.

    Pero, por supuesto, no había nadie allí. Yo estaba completamente solo. Lo que significa que nadie me vio cuando recogí de nuevo el piano y me lo guardé en la mochila.

    Amy y yo debatimos durante horas sobre cómo escribir exactamente sobre la cabaña, o si deberíamos publicar la historia. Claro, había muchos buenos ángulos sensacionalistas: rituales satánicos, una niña secuestrada, probable abuso sexual. Pero también había muchas incógnitas, la mayor de las cuales era la víctima. Si hubieran encontrado a la niña, viva o muerta, habríamos tenido una verdadera historia. Sin ella, sostenía Amy, todo era especulación. "Ni siquiera podemos estar seguros de que alguien haya sido retenido allí contra su voluntad," insistió ella. "Por lo que sabemos, podrían haber sido un par de bichos raros interpretando una perturbada fantasía sexual. Después de todo, hay un montón de friquis en el mundo".

    A pesar de estas reservas, yo escribí la historia eventualmente, teniendo cuidado de no interpretarla como demasiado exagerada. Solo mencioné las cosas realmente salaces cuando cité la charla sobre ídolos de lo más especulativa que había escuchado de los operadores de rescate, sobre todo cuando ellas pensaban que nadie los estaba oyendo.

    Esta resultó ser una de mis artículos más fuertemente sindicados, a pesar de su inherente final abierto. Basado en su éxito, pude convencer a mi editor para que me permitiera hacer un par de seguimientos con información que yo había logrado desenterrar sobre el dueño de la cabaña.

    Su nombre era Aeneas Cole, como lo confirman tanto los registros dentales como la escritura de esa parcela de tierra. Fue profesor asociado de Teología y Filosofía en una universidad privada local, y su cuerpo de trabajos publicados mostraba un continuo interés por el ocultismo.

    Su esposa había muerto siete años antes del incendio y, según todos los informes, la aflición no tardó en consumirlo. Compró la cabaña poco después de la muerte de su esposa y conducía allí religiosamente todos los fines de semana. Pronto, se retiró por completo de su antigua vida, renunció a su trabajo, vendió su casa y se refugió permanentemente allí.

    A partir de ahí, el camino se enfrió y yo pronto archivé la historia, así fue al menos para cualquiera que supiera de mi vida pública y profesional. En privado, sin embargo, yo no pude dejar de obsesionarme por ella.

    El plan para el engaño no vino todo de golpe. En realidad fue más como un rompecabezas: muchos trocitos y piezas que no se parecen en nada individualmente hasta que se colocan uno al lado del otro y eventualmente surge una imagen más grande.

    Aquel maldito piano fue definitivamente una pieza importante. Lo mantuve escondido dentro de una caja que enterré bajo un montón de trastos en mi armario, solo lo sacaba a altas horas de la noche, como si fuese un oscuro secreto, algo clandestino, algo especial. Yo cerraba los ojos y me imaginaba el sótano, los fríos muros de hormigón, el nocivo olor acre, la oscuridad. Me la imaginaba a ella, qué aspecto tenía, cómo se sentía al estar atrapada allí abajo, y luego ponía mis dedos delicadamente sobre las teclas, en los surcos hechos por sus dedos, y comenzaba a tocar.

    A medida que pasaban las semanas, yo lo tocaba con más frecuencia. Pronto se convirtió en una especie de ritual compulsivo y lo desenterraba del armario todas las noches, lo tocaba y lo volvía a esconder para la noche siguiente. Eso sí, nunca he afirmado tener ningún talento musical y la mayoría de lo que yo tocaba era terrible, sin sentido. Pero de todos modos, sentía algo cada vez que mi piel tocaba aquellas teclas, una electricidad volvía a atravesar mi cuerpo, como tocar un cable con corriente.

    Otra pieza del rompecabezas llegó en forma de una asignación casual en el trabajo, una entrevista con un escritor, un escritor fantasma, en realidad, alguien que les escribía las "autobiografías" a las celebridades. Lo que me fascinó de él fue su método de preparación para un libro, para poder escribir convincentemente con la voz distintiva de otra persona. Se sumergía por completo en la vida de sus sujetos, no solo hablando con ellos, sino viviendo con ellos, siguiéndolos, yendo a la tienda de comestibles con ellos, sentándose a la mesa durante la cena familiar, viéndolos interactuar con sus hijos.

    Se necesita cierto tipo de persona para ser capaz de hacer eso, subordinar tu propia personalidad y permitir que otra persona se haga cargo tan completamente. Es como dejar que el alma de otra persona invada tu cuerpo, ¿Cómo puedes estar seguro de que no van a dejar una parte de sí mismos? ¿Podrías estar seguro de encontrar tu propia identidad de nuevo una vez que la suya se haya mudado?

    La siguiente pieza fue una conversación que tuve con un colega. Era una especie de cutre combate puramente especulativo de "hora feliz," alimentado con dos pintas de un dólar y alitas picantes y poco cocinadas. La pregunta era esta: en la era digital, cuando gran parte de nuestra existencia tiene lugar en Internet, ¿sería posible fabricar de verdad una identidad online completamente separada?

    Mi colega, un compañero reportero de noticias llamado Matt Marrón, tenía una inclinación por todas las cosas extrañas, macabras o perversas. Era el tipo de persona que navegaba por la red en busca de fotos de escenas de asesinatos y autopsias, el tipo de persona que nombraba Ilsa, Loba de las SS como su película favorita de todos los tiempos. Cuando le conté por primera vez las cosas ocultistas encontradas en la cabaña, eso lo lanzó a un incoherente parloteo de veinte minutos sobre Crowley, Jack Parsons y la Puta de Babilonia.

    De todos modos, estamos en el tema de las identidades online en esa noche en particular porque Matt se había obsesionado recientemente con el fenómeno de los pedófilos que se hacían pasar por adolescentes online. Al parecer, había pasado horas memorizando los detalles sorprendentemente elaborados que estos monstruos habían fabricado para dar crédito a sus alter ego. Él planteó la hipótesis de que, para algunos de estos tipos, las identidades en la web se convertían en algo más que un medio para un fin, que en realidad se ponían palote con la fantasía de imaginarse a sí mismos como chicas jóvenes, igual que a algunos hombres heterosexuales les excita usar lencería femenina. Todo trataba de convertirte en el objeto de tu propio deseo.

    Después de renquear hasta casa desde el bar, me quedé online despierto toda la noche, convenciéndome de que era solo una tontería, una curiosidad inofensiva, ver si era fácil fabricar de verdad la existencia de una persona imaginaria en Internet. Al final resultó que era sorprendentemente fácil.

    Sin embargo, lo último que solidificó mi plan fue un artículo que leí sobre tres hermanas en Linz, Austria, que su madre había retenido cautivas en su casa durante siete años, completamente aisladas del mundo exterior. Cuando por fin las encontraron, la casa estaba enterrada entre la basura y los excrementos amontonados a más de un metro de altura. Habían sido mantenidas en la oscuridad, y cuando emergieron tenían la piel tan blanca que no podían soportar una exposición prolongada a la luz natural. Sin nadie con quien hablar sino los ratones que infestaban su casa, las chicas habían inventado su propio idioma, una mezcla caprichosa y cantarina de galimatías y alemán que era indescifrable para nadie excepto para para ellas.

    Fue su lenguaje inventado lo que despertó mi imaginación.

    Volviendo al piano de juguete, toqué una sencilla melodía de siete notas una y otra vez e intenté imaginarme cómo podría haber sonado el lenguaje de las chicas. Con mi melodía repetitiva como acompañamiento, comencé a cantar un galimatías al azar, algo entre palabras reales y vocalizaciones sin pensar en los sonidos que formaba mi boca, dejando simplemente que la melodía fluyera a través de mí para adaptarse a la forma y la sensación de la música. Mientras cantaba, cerré los ojos y vi la imagen vaga, mal definida de una mujer, pero de alguna manera muy real.

    Unas semanas más tarde, cuando tuve un fin de semana libre, llamé a mi antiguo compañero de cuarto de la universidad para pillar algo de ácido, sabiendo que éel aún estaba con el tipo de personas que podían conseguirlo con poca antelación. Luego tapé las ventanas de mi apartamento con sábanas oscuras y apagué las luces, asegurándome de que estuviera completamente oscuro. Una vez que el ácido comenzó a subir, saqué el piano.

    Las drogas crearon una especie de reverberación fantasma en mi cabeza, y la música hacía eco y brillaba a mi alrededor en ondas etéreas, ondulando en la oscuridad. Por cada nota que tocaba, otras innumerables brotaban de ella, como una flor psicodélica que florece infinitamente, o más apropiadamente, como las células que se dividen y dan a luz un nuevo organismo vivo. Pronto fui capaz percibir de verdad el sonido como formas de luz tangibles, como imaginé que haría un sinestésico.

    Cuando las luces se intensificaron, una sensación de euforia me invadió, y antes de darme cuenta, mis mejillas estaban húmedas de lágrimas. En medio de esto, una sola imagen se grabó a fuego en mi mente: la cara de la mujer otra vez, pero esta vez más vibrante, más viva, pintada en tonos pulsantes y eléctricos en rosas y naranjas.

    Y luego terminó, y lentamente recuperé los sentidos y me encontré otra vez solo en la oscuridad.

    Pasaron un par de horas.

    Pronto la luz del día se asomó por mi apartamento a través de las grietas entre mis persianas venecianas. Yo estaba sentado en la silla de mi escritorio, nervioso, inquieto y viniéndome muy abajo.

    No podía concentrarme lo bastante para terminar ningún trabajo. No tenía fuerzas para nada productivo en el apartamento. Mi estómago retrocedía ante la idea de comida. Y yo ni siquiera podía reunir coraje para intentar salir fuera.

    Sin saber realmente qué otra cosa hacer conmigo mismo, entré en Internet.

    Me topé con un grupo de apoyo online para personas con enfermedades mentales. Sus historias despertaron algo dentro de mí, una resonancia, como si sus luchas fueran mías. Estaban avergonzados de quienes eran. Sentían miedo constante, a veces paralizante, sabiendo que sus propias mentes podían traicionarlos en cualquier momento. Se frustraban al tratar con las personas más cercanas a ellos: familiares, amigos, amantes, quienes, a pesar de todo lo que intentaban, simplemente no podían entender cómo era vivir con una enfermedad mental. Se sentían culpables por lastimar o agobiar a esos mismos seres queridos. Pero a pesar de todo, sobrevivían y podían lograr cosas increíbles con sus vidas.

    Antes de siquiera tener la oportunidad de pensar en las ramificaciones de mis acciones, comencé a teclear: «Hola, me llamo Zoe Amaranth. Tengo diecinueve años, estoy en tratamiento por esquizofrenia y depresión, y trato de recordar quién soy. Durante siete años, estuve cautiva en la oscuridad, atrapada como un animal, sola y asustada. No sé quién era antes ni de dónde vengo. Lo único que recuerdo es la oscuridad.»

    No dormí ni salí del apartamento todo ese fin de semana. Para cuando me arrastré al trabajo, "Zoe" tenía una dirección de correo electrónico, una página en MySpace, un blog en LiveJournal y cuentas registradas en unas pocas docenas de foros dedicados a enfermedades mentales y víctimas de abuso sexual.

    Zoe comenzó como hobby al principio, algo para matar unos minutos en la red mientras me tomaba el café de la mañana. Sin embargo, cuanto más me sumergía en ella, más comenzaba a sentirlo como un sucio secretito, algo que tenía que esconder del resto del mundo, incluso de ti. Hubo momentos en que tú y yo nos sentamos uno frente al otro, solo teniendo una conversación normal, y de repente me venía un intenso sentimiento de vergüenza. Recordaba esta otra parte de mi existencia que significaba tanto para mí, pero que no podía compartir contigo por miedo a cómo reaccionarías. ¿Creerías que soy un bicho raro? ¿Te ofendería? ¿Te marcharías? Sabía en el fondo de mi corazón que era algo que nunca serías capaz de entender, pero yo no podía parar, no quería parar, y pronto mi pasatiempo, mi pequeño secreto, se convirtió en una verdadera obsesión.

    Y luego, un día, cuando estaba en medio de una sequía en el trabajo y mi editor me estaba criticando por mi escasez de historias reales y sustantivas, me di cuenta de que un plan finalmente se había materializado a partir de las piezas dispares del rompecabezas que había estado recolectando, y estaba listo para ponerlo en acción.

    «¿Recuerdas la historia que hice hace tres años, la de la cabaña que encontraron en las montañas de Santa Cruz después del incendio?» Me escuché decir. Mi editor asintió lentamente en respuesta, su cuerpo se desplomó en la silla para transmitir su exasperación.

    Bueno, creo que podría haber encontrado a la chica".

    Llámame ingenuo, pero nunca imaginé la tormenta de fuego que provocaría mi artículo.

    Portada en todos los diarios principales desde Nueva York hasta Los Ángeles. Artículos destacados en varias revistas de noticias nacionales. Segmentos en canales de noticias por cable las 24 horas. Invitaciones de cadenas de programas de entrevistas de TV.

    Pero mientras todos a mi alrededor estaban celebrando, yo no sentía nada salvo estar allanando furtivamente la oscuridad, como hundirme lentamente en arenas movedizas, sentirme sofocado bajo el peso de la culpa y el miedo a ser descubierto.

    Pude ganar algo de tiempo citando el frágil estado mental de Zoe para disculpar su negativa a hacer entrevistas y apariciones públicas. Y aunque dije haberme reunido con ella personalmente, insistí en que había prometido no divulgar su número de teléfono o dirección hasta que ella aceptara que estaba preparada.

    Pero sabía que solo podía retenerlo por cierto tiempo. Era solo cuestión de tiempo antes de que la gente comenzara a sospechar, y eventualmente yo necesitaría sacar a Zoe en carne y hueso.

    Milagrosamente, mi salvación apareció una mañana en Starbucks. Era una octavilla, una fotocopia barata en blanco y negro, que anunciaba una actuación de Zoe Amaranth en un club local llamado Glosolalia. Tuve que leerlo durante cinco minutos solo para procesar lo que estaba viendo.

    Llevé la octavilla a casa y llamé al club para ver si era algún tipo de broma, o si tal vez alguna banda había adoptado ese nombre como un intento de muy mal gusto de ser popular. Sin embargo, el gerente insistió en que ella era solo una mujer que había salido de la calle para actuar, y ese era el nombre que había dado.

    Por supuesto que yo tenía que ir. No estaba seguro de lo que esperaba, pero ciertamente no estaba preparado para lo que encontré. Cuando la vi subir al escenario, me convencí más que nunca de que era una broma. Tenía el pelo largo y violentamente rosado y llevaba un corsé de encaje negro, una falda roja de colegiala a cuadros y un par de grandes gafas de sol con forma de corazón, como Lolita. Estaba sola, solo ella y un teclado y un micrófono junto a un gran estante de procesadores de sonido. Casi me fui en ese mismo momento, pero antes de tener la oportunidad de levantarme, ella comenzó a tocar.

    Yo me quedé paralizado La música que comenzó a tocar era exactamente lo que yo había escuchado en mi cabeza la noche en que había tomado el ácido, excepto que era más rica, más intrincada, más viva de lo que yo podría haber imaginado. Luego ella se inclinó hacia el micrófono y comenzó a cantar letras que no sonaban a ningún idioma hablado en la tierra. Y, sin embargo, no era un galimatías aleatorio, la forma en que las palabras fluían juntas parecía deliberada y estructurada, como si fuera un lenguaje completamente nuevo con su propia gramática, su propia lógica interna y consistente.

    Mientras me quedaba allí asombrado, era como si todo lo demás se derritiera: ya no había club, no había personas, solo ella y yo, y la música llenaba el vasto espacio abierto a nuestro alrededor. Todo el sentido del tiempo y el espacio se disolvió, y observé durante lo que pareció una eternidad mientras ella construía un universo entero hecho de sonido.

    Cuando terminó, volví al estrecho camerino improvisado del club para hablar con ella. Me llevó varios minutos de quedarme mirando con silencioso asombro desde la puerta antes de poder decir algo. Mientras tanto, ella movía incómoda en su asiento, probablemente tratando de decidir si yo estaba allí para violarla, robarla o pedir un autógrafo.

    «Mi nombre es William», dije por fin, tropezando con mis palabras. «William White»".

    «Soy Zoe», respondió ella, su postura se relajó notablemente.

    Negué con la cabeza. «No. Quiero decir, yo soy William White. Soy quien ha estado escribiendo el artículo sobre Zoe Amaranth»".

    Ella asintió gentil y divertida. «Lo sé. He leído tus artículos. Qué bueno conocerte por fin». Luego me mostró lo que llaman una sonrisa de complicidad y agregó: «Por fin nos encontramos así, quiero decir. Cara a cara. En carne y hueso».

    Las persianas se levantaron y, por primera vez en meses, me sentí aliviado, intensamente aliviado.

    «¿Qué te parece ir a los programas de entrevistas?» le pregunté.

    Zoe y yo recorrimos juntos el circuito del programa de entrevistas, subidos en la ola hasta que el interés público en su historia finalmente se desvaneció, como siempre sucede. Después de terminar el frenesí mediático inicial, me decidí a escribir como escritor fantasma sus memorias, por las que los dos obtuvimos un anticipo tan grande que mi parte fue más de lo que había ganado en los siete años juntos de mi incipiente carrera como periodista.

    Nunca la presioné sobre su verdadera identidad ni su vida antes de que nos conociéramos, ya que cada vez que yo insinuaba el tema ella se ponía irritable y de mal humor. Por supuesto, yo tenía curiosidad, y además, estaba nervioso de que alguien de su pasado pudiera exponer nuestra farsa. Ella tenía que venir de algún sitio, después de todo; tenía que tener padres, profesores y amigos de la infancia en el mundo, uno de los cuales eventualmente estaría obligado a encender la televisión y preguntarse por qué estaba sentada allí ella con una peluca rosa y haciéndose llamar Zoe y diciendo un montón de tonterías sobre haber sidi retenida durante siete años. Sin embargo, después de que un par de consultas discretas no rindieran nada, me contenté con dejarlo estar y no dejar que mi curiosidad pusiera en peligro algo bueno.

    En cambio, me concentré en renovar silenciosamente mi búsqueda de la chica que había quedado atrapada en esa cabaña, es decir, la que realmente estuvo allí. Parecía probable que ella hubiera muerto en el incendio, pero yo quería asegurarme. Si de hecho estuviera muerta, al menos eso daría a mostrar un poco de tranquilidad mental por mis esfuerzos. Y si seguía viva, quería ser yo quien la encontrara y asegurarme de que permaneciera callada.

    Comencé revisando los registros de todos los que habían muerto en el incendio, ya que había pasado el tiempo suficiente para que resolvieran las identidades de todos. No me llevó mucho tiempo encontrar una candidata probable.

    Valerie Gray de Alamogordo, NM: diecinueve años cuando murió en el incendio. Según sus padres, ella había ido a California con su equipo de gimnasia a la edad de doce años y nunca había regresado. Eso significaba que estuvo desaparecida siete años, el mismo período de tiempo que el aislamiento de Aeneas Cole.

    La sangre que encontraron en el búnker debajo de la cabaña era de un tipo raro. Según los registros médicos de Valerie, el de ella era coincidente. Tenía que ser ella.

    Yo lo tenía claro. No solo estaba muerta, y por lo tanto incapaz de contradecir mi historia, sino que al hablar con sus padres, a ellos nunca se les ocurrió que podría haber sido la niña de la cabaña.

    Aunque irónicamente, al tratar de asegurarme de que yo estaba protegido, terminé provocando mi propia caída.

    De alguna manera, Amy Hunter-Greene consiguió la información que yo había recopilado sobre Valerie Gray y llegó a la misma conclusión sobre su identidad. A ella le molestaba el éxito que me había traído la historia de la cabaña y de alguna manera me culpaba de su decisión de no escribir sobre ella, como si yo la hubiera engañado. Ella vino a verme una noche y me chantajeó, exigiendo una parte del anticipo del libro a cambio de su silencio.

    Tuve que pagarle, por supuesto. A pesar de que no había pruebas concluyentes de que Valerie fuese la chica de la cabaña, había pruebas suficientes para formular preguntas. Y uo sabía que mi engaño era demasiado endeble para resistir cualquier escrutinio real, ya que había tenido éxito solo por la voluntad de la gente de creerlo, en ausencia de una alternativa más plausible. Lo único que hubiera requerido era un poco de escéptica investigación para verificar los registros de IP de las páginas web que yo publiqué, y habría estado hecho.

    Así que pagué a Amy, y un tiempo después ella pidió más dinero, y yo también pagué. Durante los últimos seis meses, me ha estado desangrado. Se ha llevado todo el dinero del libro, se ha pulido mis ahorros, ha superado mi crédito y aún así exige más.

    Por eso te digo esto. No tengo otra opción, tengo que aclararlo públicamente. Esta noche, antes de llamarte, envié un correo electrónico a los escritorios de noticias de los principales periódicos y redes explicando lo que yo había hecho. Pero quería que tú lo escucharas primero de mí, antes de que lo veas en las noticias de la mañana. Quería una oportunidad para explicarte por qué hice esto. No para que disculpes lo que hice, sé que no hay esperanza para eso, ni siquiera para que me perdones. Sino para que, al menos, lo pudieras entender.

Capítulo 3

Karen

    Ver a alguien que amas destruirse a sí mismo es una de las experiencias más angustiosas y desgarradoras que puedes tener.

    En las semanas posteriores a la confesión de Will, lo vi retirarse del mundo, dejando que la culpa y la vergüenza lo consumieran un poco más cada día. Dejó de bañarse, dejó de contestar al teléfono y, finalmente, lo dejó todo, recluído en su apartamento, decidió que todas sus necesidades básicas podían ser satisfechas por Internet.

    Me gustaría creer que yo intenté ayudarle lo mejor que pude, pero había partes de mí que sabían que esto no era cierto: esas eran las partes de mí que se sentían traicionadas personalmente por su engaño, que querían verlo castigado tanto como el mundo exterior. Él era un fraude, después de todo, un oportunista que había explotado emocionalmente a mucha gente. Por mucho que yo lo amara, existía esa parte de mí que lo odiaba con igual intensidad.

    Por supuesto, él parecía no querer mi ayuda de todos modos. En todo caso, resentía mis intentos de consolarlo. Encontré mi papel en su vida rápidamente marginado, sintiéndome como un fantasma que entraba y salía ocasionalmente de su apartamento, apenas perceptible, excepto en los mismos límites de la consciencia.

    Entonces, un día me presenté en su apartamento para descubrir que habían cambiado la cerradura y que se había publicado un aviso de desalojo en su puerta principal.

    Nunca le volví a ver.

    Esa noche, tal vez impulsada por la culpa, tal vez agarrándome desesperadamente a un clavo ardiendo en busca cualquier apariencia de significado que pudiera obtenerse de esta ordalía, fui a ver actuar a Zoe Amaranth.

    Ella estaba tocando de nuevo en el club Glosolalia, el mismo donde Will la vio por primera vez. Era un brillante y llamativo agujero en el centro de la ciudad cuya ventana delantera estaba tapada con un gran mural de arte pop de Lichtenstein representando a un hombre y una mujer apretados en un abrazo. En el interior, cada centímetro del espacio de la pared estaba lleno de arte, la iluminación era dura e implacable, todas las mesas y sillas estaban hechas de un plástico duro de color rosa, y la barra estaba cubierta de baldositas de espejo como una bola de discoteca.

    Me senté justo al frente del escenario, compartiendo mesa con una joven pareja inconformista con piercings y abrigos de tweed a juego. Después de una espera de veinte minutos, durante la cual me tomé un whisky con hielo, Zoe por fin subió al escenario. Su rostro pálido y de querubín estaba oculto en su mayoría tras unas gafas de sol enormes y rosadas con ojos de gato y una peluca de cabello grueso y rosado que le caía hasta la cintura. Pese a todo su esfuerzo por ocultar el rostro, su pálido y anémico cuerpo estaba casi completamente expuesto. Llevaba solo un sujetador de encaje negro, pantalones negros de lycra y un par de zapatillas Doctor Martin de veinte ojales.

    La peluca gigante y las gafas tenían sentido, dado que uno podía imaginar fácilmente por qué querría ocultar su identidad. Sin embargo, me pareció extraño que ella mostrara tan descaradamente su cuerpo. Sobre todo teniendo en cuenta que yo, y la mayoría de las mujeres, tendíamos a hacer lo contrario, cohibiéndonos de mostrar demasiado del cuello para abajo, pero sin pensarlo dos veces al caminar con nuestras caras expuestas. Entonces me di cuenta, su cuerpo era la distracción de su rostro, otra capa para ayudar a proteger su anonimato. En el transcurso de una semana, cualquier hombre de este lugar aún podría señalar su estómago de una fila de identificación y, sin embargo, nunca la reconocería completamente vestida aunque ella estuviera de pie frente a él, cara a cara.

    Ella lideraba un trío formado por ella a los teclados, un violonchelista eléctrico y un chico que programaba ritmos con su MacBook. Los tres músicos se conectaron a mesas de procesamiento de efectos, haciendo un liberal uso de delays y samplers digitales, además de otros efectos más estándar. El resultado era una pared de sonido brillante y palpitante que caía en cascada sobre la audiencia como olas chocando en un malecón, mucho más intrincado y en capas de lo que parecía posible con esos tres instrumentos.

    Las figuras se repetían, hacían eco, se estiraban y se acortaban, luego hicieron un bucle sobre ellas mismas y se embellecieron con coloridos rellenos. La canción pasó de una sincopación frenética y arrítmica a poemas de melodía turbia y amorfa de temas operísticos radicales, evitando cualquier semejanza de estructuras compositivas tradicionales.

    La voz de Zoe encajaba perfectamente con el acompañamiento musical, siendo tan fuertemente tratada que algunas veces sonaba como un coro completo, y otras sonaba como si estuviera cantando por el altavoz de un teléfono encarado a un megáfono. Sus letras no estaban en inglés, aunque yo no podía identificar qué idioma estaba usando. No tenía ninguna característica identificable de ningún idioma que yo hubiera escuchado hablar, ya fuera latino, europeo oriental o del sur de Asia.

    Y, sin embargo, de alguna manera, las emociones de las letras eran tan crudas, tan puras, que se traducían claramente mediante su entrega, resonando profundamente dentro de mí, llenándome alternativamente con sensaciones de pérdida, lucha, dolor, miedo y, en última instancia, redención. En un nivel instintivo y primario, sabía que a través de estas canciones, ella estaba contando la historia de su cautiverio.

    Excepto que eso era imposible. Ella era una farsa, un embuste, igual que Will. Yo había ido allí con un corazón duro y todas las intenciones de confirmar que era una posturera.

    Pero cuando terminó su actuación, ya no estaba tan segura. Eché un vistazo a la pareja hipster en mi mesa y vi sus rostros restregados de emoción, y nuestros ojos se encontraron para reconocer abiertamente que todos habíamos compartido el tipo de experiencia que te desnuda hasta la esencia humana central bajo toda las tonterías impostadas y afectaciones.

    Quince minutos después de abandonar el escenario, ella reapareció en la sala del club y se dirigió hacia la barra. La seguí tan discretamente como pude, tratando de parecer lo menos acosadora maníaca que pude, pero ella me descubrió de igual manera.

    Entré abriéndome paso en la barra a su lado justo cuando el camarero le pasaba un gin-tonic sobre el mostrador.

    "¿Te importa si te invito a eso?" le pregunté.

    Ella me mostró el tipo de media sonrisa que le ofreces a alguien cuando aún no estás seguro de si está realmente loco o simplemente incómodo. "Eso depende, ¿estás tratando de ligar conmigo?"

    Solté una risita modesta y respondí: "No, lo siento, no va por ahí. Me refiero a como una muestra de lo mucho que me ha gustado el concierto".

    Ella se encogió de hombros. "Tú misma."

    Después de pasarle al camarero un billete lo bastante grande como para cubrir tanto la bebida de Zoe como otro whisky con hielo para mí, le ofrecí la mano.

    "Mi nombre es Karen".

    Ella me miró la mano sin estrecharla y me mostró la misma media sonrisa. "Ya sé quien eres."

    La miré, congelada en el sitio, mientras trataba de averiguar si ella era real, mi mano todavía se suspendía torpemente en el aire mientras ella echaba la cabeza hacia atrás y dejaba el vaso seco.

    Se pasó el dorso de la mano por los labios en un gesto exagerado, luego se inclinó hacia mí conspiratoriamente para preguntar: "Bueno, ¿vamos a mi apartamento entonces?"

    Retrocedí, tal vez un poco más de lo que se requería. "No, no soy gay," tartamudeé. "Quiero decir, de verdad no estoy tratando de ligar contigo. Yo solo ..."

    Ella me interrumpió. "Quieres hacerme preguntas, que quién soy, de dónde vengo y demás. Pero un bar tan ruidoso es una mierda para tener una conversación civilizada. Y además, no son el tipo de preguntas que yo quiera responder abiertamente. Así que deberíamos ir a un lugar más tranquilo. Como mi apartamento, que está a solo unas manzanas de distancia".

    El apartamento de Zoe era un estudio estrecho y escasamente amueblado sobre el escaparate de una tienda abandonada. Entramos por una puerta lateral y yo la ayudé a cargar su teclado y a subir el tramo de empinadas escaleras de cemento hasta su casa.

    Después de que dejar su equipo en el suelo, ella me indicó que me sentara en un cajón de plástico de leche volcado que había convertido en una improvisada silla con la adición de una manchada almohada raída tirada y atada encima. Mientras tanto, ella se tumbó en el suelo de puro cemento y recogió un porro a medio fumar de un cenicero de vidrio. Lo volvió a encender y después de dar una saludable calada, me lo ofreció, pero yo lo rechacé.

    Aparte de mi cajón, los únicos otros muebles identificables eran un futón sin marco en la esquina del fondo y una sola lámpara de pie de latón doblada que apenas iluminaba la habitación. No había aparadores ni estantes, por lo que todo estaba descuidadamente desparramado por el suelo: montones de ropa, una cajita de cosméticos, algunos tubos errantes de lápiz de labios, desodorante roll-on, una olla de metal ennegrecida sobre una placa caliente salpicada con capas de mugre, pedazos de basura arrugados y otros artículos diversos que parecían confirmar que alguien realmente vivía en aquel cuchitril.

    "¿Te importa si hago las preguntas ahora?" Me aventuré tratando de ignorar cuán inadecuadamente me protegía el cojín de la superficie dura e irregular del cajón de plástico.

    Zoe barrió a un lado un puñado de envoltorios de comida rápida para desenterrar un reloj digital barato. Negó con la cabeza y respondió: "Espera un par de minutos".

    Me retorcí en el incómodo silencio, mientras ella terminaba de fumarse el porro hasta que no le quedó absolutamente nada a lo que aferrarse, sintiendo que mi trasero comenzaba a entumecerse por el incómodo asiento.

    Justo cuando apagaba el último trozo de papel humeante en el cenicero, llamaron a la puerta.

    "Está abierto," gritó Zoe.

    Me giré para ver a una mujer que entraba en la habitación, una chica pequeñita y delgada con un jersey polo color crema y pantalón marrón oscuro. Supuse que tendría más o menos mi edad. Su diminuto cuerpo la habría hecho parecer mucho más joven si no fuera por sus rasgos angulosos y severos y las prematuras arrugas de preocupación que se habían formado en las comisuras de la boca y los ojos. Tenía la mirada de no andarse con tonterías, como de maestra de escuela, o posiblemente bibliotecaria, con ojos empequeñecidos por unas gafas de montura gruesa y su cabello rubio sucio recogido en una severa coleta.

    La nueva mujer se detuvo notablemente cuando me vio, no tanto en estado de conmoción, sino más bien como divertida sorpresa. Sus labios se torcieron en una sonrisa, acentuando la asimetría de su rostro. "Parece que tenías razón. Solo era cuestión de tiempo que ella apareciera husmeando".

    Recogió uno de los altavoces del equipo de Zoe en el suelo y lo colocó del derecho en el suelo frente a mí. Mientras ella se sentaba encima, Zoe se acercó a gatas y apoyó cariñosamente la cabeza en el regazo de la nueva mujer.

    Ella encendió un cigarrillo y exhaló casualmente un perfecto anillo de humo. "Bueno, ¿has tenido noticias de Will recientemente o el pobre muchacho todavía está haciendo de recluso autocompasivo?"

    Negué con la cabeza, confundida. "Lo siento, ¿te conozco?"

    "No nos hemos conocido formalmente," respondió ella antes de hacer una pausa para dar otra calada. "Mi nombre es Amy."

Capítulo 4

Amy

    Lamento decepcionarte, pero esto no será una confesión. Esta es mi parte de la historia.

    En primer lugar, ni siquiera se suponía que Will iba a venir con nosotros a la cabaña aquella noche. Simplemente le dio por entrar en mi tienda de prensa cuando Redstone me lo estaba contando, y luego se invitó él solito. Y la única razón por la que él quería ir era por celos, porque yo podía haber estado follándome a Redstone, mientras él había estado intentando sin éxito meterse en mis bragas desde que nos conocimos.

    Y para que conste, sí, yo me estaba follando a Redstone, y sí, acostarse con él era increíble. Mucho mejor de lo que resultó con Will.

    De todos modos, Will fue el que me convenció de no contar la historia, solo para poder cambiar de idea y publicarla él mismo, el muy capullo de dos caras. Pero bah, yo todavía era lo bastante joven e ingenua para dejar que me engañara con algo así, así que, francamente, no podía tener resentimiento con él por su breve momento bajo los focos. Si él lo hubiera dejado así, a mí me hubiera encantado olvidarlo como una lección de vida y haber seguido por mi alegre camino.

    Pero entonces el bastardo se volvió codicioso.

    Cuando vi su primer artículo sobre Zoe Amaranth, algo dentro de mí se rompió. Ya estaba bastante mal que me robara la historia, pero verle inventando noticias, cagarse en la integridad periodística y todo en lo que yo creo y salirse con la suya... no, ser aplaudido por ello, en realidad... fue más de lo que mi estómago podía soportar.

    No había duda en mi mente de que todo era metira, yo lo supe instintivamente, sintiéndolo en el fondo de mi fibra. El problema era que él había sido demasiado cuidadoso tapando sus huellas. Por mucho que busqué, no pude encontrar ninguna evidencia sólida que le vinculara a él a la creación de las publicaciones de Amaranth. Claro, probablemente podría haberlo probado con registros de IP, pero eso no podía justificar una denuncia basada únicamente en mi intuición.

    Sin eso, el bastardo ya se había dejado demasiadas salidas. En realidad él no había escrito que Zoe Amaranth era la chica de la cabaña, solo que alguien llamado Zoe Amaranth afirmaba ser la chica de la cabaña. Incluso si la identidad de Zoe pudiera ser refutada, no necesariamente sería una prueba positiva de que él estaba mintiendo. Él podría haber sido descuidado simplemente.

    Además, el delicado estado mental de Zoe y su insistencia en el anonimato era la excusa perfecta para su continua negativa a presentarse en carne y hueso. Eso también le habría proporcionado la cobertura para que ella simplemente desapareciera si alguna vez la cosa se calentaba demasiado para que Will pudiera manejarlo.

    En resumen, él había pensado en todo, y aunque yo había tenido que admitir un módico respeto rencoroso por su inventiva, aquello solo alimentó mi hiriente y amargo desprecio. Me obsesioné con hacer caer al mamón.

    El primer paso fue engañarlo para que cruzara el punto de no retorno, donde ya no fuese capaz de disculpar sus mentiras como un simple malentendido. Eso significaba ayudarlo a producir finalmente a Zoe en carne y hueso.

    Por pura suerte, me encontré con una joven músico callejera en el parque que era perfecta para el papel. Estaba sentada en ropa interior en una caja de leche de plástico y tocaba un teclado barato a pilas con un viejo y roto ampli de guitarra. Los sonidos que lograba sacar de ese primitivo chisme eran de otro mundo, de lo más inquietantes que yo había escuchado jamás. Era como si ella no hubiera escuchado música antes y, por tanto, creaba sus composiciones sin preconceptos sobre estructura, tonalidad o melodía.

    Me presenté y la invité a almorzar. Dijo que también se llamaba Amy y que había estado viviendo en las calles durante dos años, desde que escapó de su casa en Palo Alto. Después de terminar de comer, salimos a pasear por el centro mientras le explicaba mi plan. Le ofrecí 50 dólares por semana además de alojamiento en un apartamento y ayuda para ir enlazando trabajos. Ella no se lo pensó mucho.

    Una vez que se preparó su primera actuación, no fue difícil asegurarse de que Will estuviese allí. Es penosamente predecible en su rutina, como sin duda ya sabes, por lo que una simple octavilla bien ubicada en el Starbucks cerca de su apartamento fue suficiente.

    Ojalá hubiera podido ver la expresión de su rostro cuando la vio, o haber estado allí para verlo tartamudear como un palurdo retrasado cuando conoció a Zoe, pero, claro, mi presencia en ese primer espectáculo le habría hecho sospechar.

    Aunque por suerte, él era lo bastante espeso como para no pensar mucho en ello cuando me lo encontré accidentalmente en otro concierto tres semanas después, después de que los dos habían comenzado ya a aceptar su pequeña rutina de canto y baile en el circuito de los programas de entrevistas. Yo necesitaba acercarme a él para poder encontrar pruebas de que era un fraude, y me pareció que un vestido negro ajustado y demasiadas bebidas en un oscuro bar eran el medio más rápido para ese fin. Como he dicho, él siempre fue penosamente predecible.

    Por si te lo hiciera más fácil, podría decirte que el se debatió con el remordimiento de haberte puesto los cuernos. Pero eso no sería cierto en realidad, estrictamente hablando... pero qué demonios, tu eres libre de creer lo que te dé la puta gana.

    El caso es que después de una torpe, breve y totalmente insatisfactoria follada, se desmayó y me dejó libre para husmear en busca de pruebas incriminatorias. Las cuales encontré, obviamente.

    Valerie Gray. Era perfecto.

    Pero no le delaté, no de inmediato. Tan satisfactoria como encontré la idea de avergonzar públicamente a Will y destruir su carrera, también disfrutaba de la sensación de tener tanto poder sobre él, de verlo retorcerse como un gusano en un anzuelo, de saber que tenía literalmente su vida en mis manos. Y no podía soportar que terminara tan rápido, quería hacerle sufrir en una prolongada y agonizante espiral descendente. Quería ver al bastardo implosionar.

    Así que le chantajeé, lo desangré lentamente y me reí mientras la culpa lo consumía de dentro a fuera, sabiendo en todo momento que solo era cuestión de tiempo que él se derrumbara y se entregara él mismo.

    Penosamente predecible.

Capítulo 5

Karen

    Creí haber visto a Will en el Safeway una vez. Lo seguí por dos pasillos antes de que él volviera la cabeza lo bastante para poder verle la cara, y darme cuenta de que no era él.

    De hecho, me encontré con Amy poco después de eso. Ella caminaba por Santana Row mientras yo almorzaba con un par de amigos del trabajo. Pasó justo delante de nuestra mesa en la terraza, lo bastante cerca para ver que todavía llevaba el brillo de ojos que le yo le había dado antes de salir corriendo del apartamento de Zoe. Verlo me hizo sonreír.

    De todos modos, decidí que necesitaba salir de esta ciudad por un tiempo, había demasiados fantasmas.

    Pedí un permiso extendido en el trabajo, alquilé un gran tiburón en topless como coche, despejé los pocos ahorros que tenía en mi cuenta bancaria y salí a la carretera.

    Aceleré por la autopista abierta más rápido de lo que me había atrevido a conducir nunca. Me solté el pelo y sentí el viento agitándolo salvajemente. Subí el volumen de los Raveonettes en el estéreo y navegué puramente por instinto y providencia.

    Eventualmente terminé en Alamogordo.

    Los Gray estaban en el listín telefónico, y la camarera del bar de camioneros estuvo más que dispuesta a darme instrucciones para llegar a la dirección.

    Eran una pareja de ancianos, amistosa pero sentimental, y me invitaron demasiado ansiosamente, traicionando lo desesperadamente solos que estaban. Les dije que era una periodista que trabajaba en una historia para el quinto aniversario del incendio. Por su parte, los padres de Valerie ignoraron voluntariamente la debilidad de mi mentira y me llevaron a su antigua habitación, que se había convertido en una especie de santuario, con imágenes enmarcadas, trofeos y premios antiguos, anuarios y álbumes de fotos, todo reunido sobre un expositor de caoba maciza. Pasamos la mayor parte de la tarde inspeccionando cada artículo uno por uno mientras relataban la vida de su hija a través de anécdotas fragmentadas. Estas historias claramente se habían embellecido poco a poco en innumerables relatos hasta alcanzar proporciones míticas.

    Y finalmente, después de tres horas en ello, me arrojaron la bomba. No parecía una bomba, por supuesto; era una cosa muy simple y sencilla, un sobre color crema de quince centímetros de ancho y diez de alto, de papel grueso y pulposo hecho a mano, con sello postal de Santa Cruz y fechado dos meses antes del incendio. Abrieron delicadamente la solapa trasera y sacaron la única página, cuidadosamente doblada, del interior. Era una simple nota escrita a mano con letra suelta y torpe, firmada como Valerie.

    «Oh Will, pobre idiota desdichado,» pensé. «¿Cómo no habías descubierto esto?» Lo imaginé hablando por teléfono con los Gray, demasiado absorto en su propia mierda como para prestar mucha atención a esta pareja de ancianos, hablando tanto que ellos apenas podrían hacer encajar una palabra. Es un error que a menudo se encuentra entre los reporteros, confundir la diferencia entre descubrir lo que alguien sabe y obtener la confirmación de lo que ya se cree.

    Valerie había escrito para decirles que estaba bien, que lamentaba no haber escrito desde su desaparación, y quería explicar lo que había sucedido. Se había escapado durante el viaje porque su entrenador de gimnasia, el Sr. Silva, la había violado. Ella no sabía qué hacer, estaba asustada, confundida y avergonzada. No podía soportar la idea de tener que explicar a sus padres o compañeros de equipo lo que había sucedido, o tener que mirar a la cara del Sr. Silva de nuevo. De modo que ella se escapó.

    Al principio, estaba demasiado avergonzada por lo que había hecho para acudir a las autoridades o buscar ayuda para llegar a casa. De alguna manera, ella se sentía culpable por lo que él le había hecho, como si de alguna manera fuera culpa suya. Eventualmente, ella creció y se dio cuenta de que ella no había tenido culpa en aquello, pero seguía avergonzada, ahora avergonzada porque se había escapado, avergonzada de lo estúpida que había sido y de lo asustada que había estado.

    Ella dijo que la vida había sido difícil durante los siete años sin verles, pero que le haría a sus padres la amabilidad de no entrar en detalles. Lo importante era que había sobrevivido, que estaba viva y que por fin era feliz.

    Vivía con su novio, sirviendo mesas en un restaurante vegano, y acababa de enterarse de que estaba embarazada. Les prometía que una vez que naciera el bebé y hubieran ahorrado suficiente dinero para un vuelo, ella haría el viaje de regreso a casa para que su hija pudiera encontrarse con sus abuelos.

    La voz de su madre se quebró cuando leyó la carta en voz alta, las lágrimas corrían por su rostro, pero no se derrumbó. Ella dejó de permitirse derrumbarse mucho tiempo atrás.

    Decidí no regresar a casa y en su lugar dejé el coche de alquiler en el Enterprise más cercano y reservé un vuelo a Boston, donde vivía mi antiguo novio de la universidad. Nos habíamos mantenido en buenos términos y no le importó que me quedara en su sofá hasta que me instalé con un nuevo trabajo y un apartamento propio.

    La primera noche en mi nuevo apartamento, me llevé una silla plegable de jardín y una botella de Zinfadel a la azotea, me senté mirando hacia el Oeste y me emborraché placenteramente mientras meditaba en la gran cantidad de tierra que había logrado colocar entre mí y los fantasmas. Por primera vez desde esa noche en el Denny, me sentía libre, sin trabas, como si por fin fuese mi propio yo y ya no estuviese atrapada en la sombra de otra persona.

    Eso fue hace poco más de un año.

    Esta noche, un par de amigos me han dado la murga para ir con ellos a una subasta benéfica de arte en una pequeña galería local. Voy por mi cuarto vaso de Merlot gratis cuando de repente suena una música familiar. Una melodía de piano simple e inquietante atraviesa capas de eco, las ondas de sonido se extienden por el espacio de la galería como tentáculos, me agarran con fuerza y ​​me atraen hacia su origen con magnetismo ineludible.

    Y allí está ella, posada detrás de su teclado, escondida bajo una máscara veneciana negra y una gran peluca ondulada de Farrah Fawcett, pero aún así inequívocamente ella. Reviso el programa, que la enumera bajo el nombre de Karen Jaune.

    Escucho el resto de su repertorio y cuando termina de tocar, me uno a ella en el escenario, sentándome en el ampli del teclado.

    "Es asombroso," le digo, "pero después de todo lo que sucedió, de todo lo que hiciste: alentar el engaño de Will, ayudar a Amy a destrozarle la vida, todo eso, aún así me encuentro incapaz de odiarte".

    Mientras ella escucha, su rostro permanece completamente estoico, sin traicionar ningún indicio de remordimiento, indignación, ninguna emoción humana reconocible.

    "Es la música, ¿no?" Continúo yo limpiándome las lágrimas que han estado lloviendo de mis ojos desde el comienzo de la actuación. "Es tan hermosa. Más que hermosa, es casi mágica, la forma en que hace sentir a la gente. Les cura, ¿verdad?"

    Ella asiente con la cabeza y se inclina conspiratoriamente para susurrar: "En realidad, es magia".

    Me aparto y la miro sin palabras, preguntándome si está hablando en serio o no. Ella consigue mantener la cara seria durante doce segundos antes de esbozar una sonrisa tan amplia que parece expandir el doble el tamaño de su cara.

    No puedo evitar reírme con ella: unas risitas, nada más, pero es suficiente para liberar la tensión.

    La ayudo a sacar su equipo hasta una camioneta que espera detrás de la galería. Justo cuando ella está a punto de subirse al asiento del conductor, se detiene y se vuelve hacia mí. Al quitarse la peluca y la máscara, revela el cabello castaño corto escondido debajo, así como los rasgos ligeramente asimétricos de su rostro, que es solo un rostro sencillo y corriente, ni particularmente feo ni particularmente hermoso.

    "Buenas noches, Karen," me dice y me abraza.

    "Buenas noches," repito, pero luego me detengo. "Bueno, estoy bastante segura de que tu nombre no es Karen. Probablemente tampoco sea Amy". Ella niega con la cabeza. Yo continúo, "Y tú no eres Zoe, y no eres Valerie. Entonces, ¿quién demonios eres?"

    Ella sonríe.

Capítulo 6

Zoe

    Te voy a contar una historia.

    Érase una vez, había una chica que solo podía recordar la oscuridad. En realidad, solo podía recordar la oscuridad algunas veces. A veces no recordaba nada en absoluto, como si nunca hubiera existido antes de este mismo momento.

    Y cuando esta chica emergió de la oscuridad, estaba llena de deseo de crear algo hermoso.

FIN